Moisés, antes y después…

Moisés, el venerado profeta-paladín del pueblo judío, quien lideró a millones en medio de un desierto en su travesía hacia la Tierra Prometida y les dio la Ley no fue siempre el mismo, hubo un “antes y un después”.

El libro de Éxodo hace un escueto relato sobre el ‘antes’ de Moisés. Nos dice que desde su nacimiento parecía estar destinado a ser grande, y aunque por haber nacido varón y hebreo estaba condenado a morir inmediatamente en el río, éste se vuelve el canal para su ‘salvación’ cuando la hija del rey de Egipto le rescata y le adopta por hijo suyo. Moisés entonces se convierte en ‘principe’ y es “enseñado en toda la sabiduría de los egipcios” y se convierte en un un hombre “poderoso en sus palabras y obras”, según registra Hechos 7:22.

Podría ser porque Moisés es el mismo autor de Éxodo que no detalla cómo fue su infancia y juventud, ni su preparación ni posición en la nobleza egipcia, ya sea por modestia o considerar que no tenía importancia para ese momento. Lo que sí podemos saber por los registros bíblicos es que el Moisés de ‘antes’ de encontrarse con DIOS en la zarza que ardía y no se consumía, no es el mismo de ‘después’.

Y es que si Moisés fue capaz de matar a un egipcio y esconder el cadáver de éste para encubrir el asesinato muestra que era un hombre muy lejos de considerarse como el “más manso que todos los hombres en la tierra” (Números 12:3), o muy distante de ser llamado ‘mi siervo’ (Números 12:8) por el Señor mismo. Y aunque Moisés tuvo que huir de Egipto seguía pareciendo uno de ellos cuando tuvo el encuentro con las hijas de Reuel en Éxodo 2.

Cuarenta  años después, al encontrarse con el Señor en el monte Sinaí, Moisés era ya un hombre inútil e incapaz con una mente totalmente cambiada. El que pensaba que sería quien daría libertad a los hijos de Israel era hoy un viejo pastor de ovejas, una ocupación abominable para un egipcio.

La historia de Moisés nos debe dar aliento, porque nos muestra muchas cosas entre ellas estas tres que te detallo a continuación:

  1.  El Señor nunca desecha a quien llama. Somos nosotros quienes desechamos a DIOS. Moisés había sido escogido por DIOS sin duda alguna, pero el Señor quiere que hagamos las cosas a su manera y no a la nuestra. ÉL no desechó a Moisés, persistió con él y lo metió a un proceso en el desierto para entrenarlo precisamente para usarlo en el desierto (valga la redundancia). Como un egipcio acostumbrado a la vida del palacio y sus comodidades no hubiera podido guiar a los hijos de Israel a través de un desierto lleno de desafíos.
  2. El Señor no usa nuestro poder, usa el suyo. Toda la ciencia de Egipto y el poder que Moisés adquirió allí no servirían a los propósitos de DIOS. Moisés ya no tiene nada más que un trozo de madera muerto en sus manos, pero es lo que precisamente DIOS necesita de nosotros, que seamos ese ‘trozo de madera muerto’ en las manos de ÉL. DIOS puede obrar maravillas de la nada, aun de lo seco y muerto. No necesita nuestras habilidades para lograrlo, de hecho, es la confianza en nuestro poder y talentos lo que muchas veces obstaculiza el poder de DIOS.
  3. El Señor permanece fiel hasta finalizar tu proceso. DIOS sabe que fallaremos, que en lugar de ‘hablar a la roca’ la golpearemos. Sabe que aún después de nuestro encuentro con la zarza seguiremos siendo humanos y propensos a cometer fallas ¿Hay quién no cometa errores? Pero DIOS persiste con nosotros a causa de su fidelidad y no nos dejará a pesar de nuestras faltas.

Posiblemente como Moisés tengas que experimentar un ‘antes y después’ en tu ministerio, en tu matrimonio, en tu vida. Yo lo he pasado, si no es que lo sigo pasando aún. Un proceso en el cual debemos aprender a dejar de ser ‘instruidos y poderosos’ a la manera del mundo y cambiar nuestra mente para que, al responder al persistente llamado de DIOS, le respondamos: ¿y quién soy yo, Señor?

O tal vez te sientas desechado, la buena noticia es que DIOS usa vasos de barro, no usa desechables, y el barro es ‘reciclable’, o mejor dicho ‘moldeable’. Pero necesitamos ponernos en las manos del Alfarero, no en las nuestras, si queremos volver a ser usados otra vez.

Te animo a que aprendamos de Moisés y estemos dispuestos a quitarnos el ‘calzado’ de nuestros pies ante su presencia.

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