¿Qué buscáis?

Juan 1:35-42

Todo ser humano persigue un objetivo en la vida, desde el más vano y mundano hasta el más supremo y divino. Todos en la vida nacimos para ser “llamados” para hacer algo bueno. Adán y Eva fueron creados por Dios con un propósito para su vida, y éste no ha cambiado y sigue vigente para nosotros hoy, de hecho Dios Padre envió a su Hijo para que restableciera la función original del hombre y la mujer. El Verbo que era en el principio, el Verbo que era con Dios, el Verbo que era Dios mismo se presenta en el Evangelio de Juan como la Vida de los hombres, y la vida, dice Juan 1:4, era la luz de los hombre. La luz nos separa de la oscuridad, sin luz estamos perdidos, las tinieblas “reinan” en la ausencia de la luz.

¿Para qué estamos en esta tierra? ¿Sabes tú el “por qué” de tu existencia? Si meramente piensas que nada más estamos por un accidente o porque es el ciclo de la vida déjame decirte que las Escrituras dan cuenta que el propósito de la humanidad, revelado en Génesis 1:26, es que tengamos la imagen de Dios y que señoreemos sobre la creación.

Pero la primer pareja sufrió una caída, y la caída dio como resultado la muerte, la separación de Dios, la perdida de la vida eterna. A esto podríamos llamarle la “desfiguración” de la humanidad, porque perdió la imagen de Dios y el propósito original de su creación.

Por esa razón el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1:14) para que volviéramos a “ver su gloria”, tal como la primer pareja en el huerto en Edén podían verle.

Sin la luz el ser humano está perdido en la oscuridad del despropósito, sin razón para vivir y se encuentra en constante búsqueda de un significado para existir. ¿Qué buscas tú en la vida?

Esa fue la misma pregunta que Jesús hizo a dos hombres que, tras escuchar a su mentor hablar y señalar al hasta ahora desconocido nazareno, habían comenzado a seguirle de cerca.

-“Rabí, ¿dónde moras?”-, responden ellos con otra pregunta, aunque dejando saberle que le consideraban un maestro, una persona respetable con una calidad de vida reconocida en la comunidad. La respuesta de aquellos dos discípulos, hasta ese momento de Juan el bautista, revela la necesidad de toda persona: La necesitad imperante de volver a “morar”, “habitar”, “convivir”, con el Creador, el Verbo hecho carne.

Todos nosotros fuimos creados para convivir con el Creador, Él plantó un huerto en Edén para que fuera el lugar de reunión, de comunión con la única criatura hecha a su propia imagen: el hombre y la mujer.

Ahora Jesús les contesta con una invitación: -“Venid y ved”- La gracia y la verdad se revelan en esta frase. El Verbo que era Dios mismo estaba invitando a estos hombres a acercarse a Él y ver donde se hospedaba. El evangelista nos relata que aquellos dos aceptaron ir y que se quedaron con Jesús aquel día, porque “era como la hora décima”.

¡La invitación de Jesús sigue vigente para nosotros hoy día! – ¡Vengan y vean! – ¿Habrás de ser uno de los que aceptan la invitación y te quedas con Jesús? Aquellos dos pudieron haberse quedado solo con la información que Juan el bautista les dio, saber acerca del “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (considera dos veces esta frase por favor, no habla de perdonar pecados nada más, habla de una acción de “quitar”. “limpiar”, “erradicar”, una transformación total de aquel pecado que había impedido a la humanidad acercarse al Creador por cientos de años.)

Pero aquellos dos buscadores del propósito de vida consideraron que la oscuridad estaba cerca nuevamente, era “la hora décima”, es decir las cuatro de la tarde, era preferible para ellos permanecer donde la luz estaba, “aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.” (Juan 1:1-9). Esta acción me lleva a preguntarte ¿Dónde quieres estar tú? ¿Afuera en las tinieblas o adentro con el Maestro, la Luz?

El evangelio de Juan sigue contando la historia y nos dice, al menos, quien era uno de los que habían seguido a Jesús: Andrés, el hermano de Simón Pedro. Nota que el versículo cuarenta del capítulo uno dice que: “habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús.” La Biblia nos dice la epístola a los Romanos que “la fe viene por el oír, y el oír la palabra de Cristo”. La gente no puede saber quien es Jesús sino predicamos la palabra de Cristo, ¡tienen que oír!

Andrés nos da la primera lección de evangelismo en el versículo cuarenta y uno, dice que “halló primero a su hermano Simón, y le dijo…” Cuando estás perdido en la oscuridad y encuentras una luz quieres compartirla, sobre todo con los más cercanos a ti. Sería demasiado egoísta tener una lámpara y no alumbrarles a los demás en medio de las tinieblas. Esto fue lo que hizo precisamente Andrés, dar luz a otro que también estaba buscando. La declaración que hace Andrés revela la búsqueda que tenía toda la nación de Israel, es la misma búsqueda que hoy día tiene la misma humanidad: encontrar al Mesías. A aquel que puede “quitar el pecado del mundo” y transformarlo nuevamente a su propósito y fin original.

-“Hemos hallado al Cristo”- Sin decir que en realidad era el Cristo quien había venido a “buscar y salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).

Andrés nos sigue dando el primer ejemplo de evangelismo en el versículo cuarenta y dos: “Y le trajo a Jesús”. ¿Recuerdas quién te trajo a ti a Jesús? ¿Puedes recordar a una persona que en los últimos seis meses tú hayas traído a Jesucristo? Siempre habrá alguien que debemos traer a la Luz verdadera. ¡Esa es nuestra misión!

Luego vemos, en la segunda parte del mismo versículo, la acción transformadora de Jesucristo delante de su creación: le dijo al hermano de Andrés -“Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir Pedro). El Señor Jesucristo le dio un giro completo a la vida y propósito de Simón, hasta le cambió el nombre. Porque eso es precisamente lo que el Mesías vino a hacer, a transformar la humanidad caída para que pueda, por medio de Él, acercarse al Creador y habitar con Él mismo.

Jesús no solo quita el pecado del mundo sino que restaura al pecador, le da una nueva vida, en realidad lo hace una “nueva criatura”, para quien las cosas viejas han pasado (II Corintios 5:17).

Este mismo Jesús nos está invitando a todos hoy a “venir y ver”, a quedarnos con Él y seguirle en una vida nueva llena del único propósito que puede llenar a cualquier corazón vacío.

¡Aceptemos Su invitación hoy!


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