Pro aris et focis

Es una frase en Latín que se traduciría como “por Dios y por la patria”, usada por muchas familias y ejércitos como “grito de guerra”. El llamado a pelear a la hora de iniciar la primera embestida en las batallas, arengando a los soldados a luchar y defender lo que más apreciaban en la vida, Dios y su país.

Hace dos días quienes vivimos en El Salvador leímos la noticia de la muerte de cinco personas en una de las ciudades más peligrosas y pobladas de este pequeño país, Apopa. Enclavada hacia el norte de la capital y peligrosa por el asedio de pandillas de asesinos opresores, la gente vive atemorizada y atrapada sin escape ante el embate de un mal “social” llamado violencia.

Irónico es que también Apopa está llena de pequeñas “iglesias” que intentan ser la sal y la luz en medio de la oscuridad y la podredumbre que reina. Apopa no es la única ciudad de El Salvador en esta situación. El país, la patria está enferma, está muriendo.

De los cinco fallecidos tres eran pandilleros que llegaron a una pequeña iglesia con el fin de asesinar un rival que intentaba reinsertarse trabajando en el programa de la quinta víctima, el pastor de la iglesia, quien hacia labores de albañilería en el local de la pequeña casa que sirve como “templo”, que por haber presenciado, y no dudo que haya querido evitar el crimen, fue eliminado por los tres verdugos. Verdugos que al huir del lugar cosecharon lo que recién habían sembrado en manos de agentes de la policía que patrullaban la zona.

Noticias como ésta llenan las páginas de las ediciones de los noticieros cada día. ¿Hasta cuando acabará esta situación inmanejable por medios humanos? La respuesta no está ni en manos de los políticos, ni en manos de los educadores, ni en manos del gobierno ni de la ONU o la OEA, la respuesta está en las manos que se juntan para interceder por esta nación.

Parece que para quienes nos llamamos iglesia hemos olvidado o pasado por alto que Jesucristo, nuestro Líder, la Cabeza, dijo que quienes le siguieran serían la sal y la luz de la tierra, que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella.

Hemos olvidado que el padre de la fe, Abraham, intercedió no una vez, sino varias, por una ciudad que sufría de males similares a los que nos aquejan hoy.

Ignoramos o pasamos por alto que tenemos una batalla espiritual, no contra sangre y carne, sino contra ejércitos invisibles del mal, que luchan gobernar por el territorio que nos toca “defender” o “conquistar”, nuestra ciudades.

Hace 25 años la iglesia oraba por la paz en nuestra nación, el cese de la guerra civil desatada por el odio de clases y por el sistema ateo comunista en expansión. Vigilias se hacían cada fin de semana, cruzadas en los parques y estadios, cultos en las iglesias en todo el país, y la paz vino y la iglesia se durmió.

Se nos ha vendido la idea y la hemos comprado que la violencia que vivimos es un fenómeno social. Y lo es, pero este fenómeno visible tiene causantes invisibles: el diablo, el autor del mal, comanda las hordas que dirigen las mentes de quienes hacen maldad en la ciudad, no solo la que aparece en los titulares de los noticiarios, sino también de la que sucede a diario en otros escenarios más íntimos.

Uno de los objetivos más buscados por el enemigo es la familia. La desintegración y la deformación familiar (¿matrimonios del mismo sexo?) son operativos bien recompensados por el rey de la oscuridad a sus demonios secuaces. Cada hogar desintegrado será tierra fértil para sembrar odio y violencia. Y es que las familias son importantísimas en el plan de DIOS para la creación. No por nada la primer institución que el SEÑOR forma es una familia, para llevar a cabo su plan de llenar la tierra y gobernarla.

Así que lo primero que el dios de la riquezas y pobrezas busca es destruir las relaciones familiares. Lo hace por muchos medios, el más común de todos es cuando los padres dedican más tiempo a sus carreras, oficios, trabajos y hasta ministerios que a sus propias familias.

La Biblia nos enseña desde el Génesis mismo que el propósito de Dios era que las familias fueran bendecidas. Y es así como las naciones prosperarían. Se lo dijo a Abram cuando le llamo: “y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Gen 12:3). Más adelante, cuando ya era llamado Abraham, DIOS le afirma que “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra…” (Gen 22:18). Siendo el apóstol Pablo quien nos explica que la bendición para todas las familias, para todas las naciones se recibe en Cristo Jesús, la simiente (Gal.3:15).

La iglesia está llamada a “pelear” por DIOS y patria, por medio de la oración ferviente como lo hacían los primeros creyentes en Hechos. Está comisionada a predicar y discipular a las naciones.

Esta es una invitación urgente, si eres parte de la Iglesia, el cuerpo de CRISTO, a unirte a otros creyentes e interceder por este país, El Salvador, estés donde estés tu oración es la canción que DIOS está esperando escuchar de parte de su pueblo.

No podemos abandonar a merced del mal nuestra tierra, solo porque vamos a “escapar”(?) de esta tierra un día no significa que nos desentendemos de nuestra patria y dejamos de ser “la sal y la luz” que JESUS quiere que seamos.

JESUS nos enseñó a orar diciendo: “Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como se hace en los cielos”. Y su reino no viene por fuerza ni armas, viene de una manera irracional para los racionalistas: sobre las rodillas de la oración clamando “Venga tu reino”.

Por DIOS y por patria, oremos! Es urgente llamar a los ejércitos de luz a usar sus armas espirituales para resistir al mal, para echar a las fuerzas demoníacas de los territorios que han usurpado e invadido.

Salmo 65.

Tuya es la alabanza en Sion, oh Dios,
Y a ti se pagarán los votos.

Tú oyes la oración;
A ti vendrá toda carne.

Las iniquidades prevalecen contra mí;
Mas nuestras rebeliones tú las perdonarás.

Bienaventurado el que tú escogieres y atrajeres a ti,

Para que habite en tus atrios;
Seremos saciados del bien de tu casa,
De tu santo templo.

Con tremendas cosas nos responderás tú en justicia,
Oh Dios de nuestra salvación,
Esperanza de todos los términos de la tierra,
Y de los más remotos confines del mar.

Tú, el que afirma los montes con su poder,
Ceñido de valentía;

El que sosiega el estruendo de los mares, el estruendo de sus ondas,
Y el alboroto de las naciones.

Por tanto, los habitantes de los fines de la tierra temen de tus maravillas.
Tú haces alegrar las salidas de la mañana y de la tarde.

Visitas la tierra, y la riegas;
En gran manera la enriqueces;
Con el río de Dios, lleno de aguas,
Preparas el grano de ellos, cuando así la dispones.

Haces que se empapen sus surcos,

Haces descender sus canales;
La ablandas con lluvias,
Bendices sus renuevos.

Tú coronas el año con tus bienes,
Y tus nubes destilan grosura.

Destilan sobre los pastizales del desierto,
Y los collados se ciñen de alegría.

Se visten de manadas los llanos,

Y los valles se cubren de grano;
Dan voces de júbilo, y aun canta.


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