Detrás de las ovejas…

Existe en California un pequeño pueblecito en medio de la nada llamado Woodville. Con menos de dos mil habitantes se enclava en medio de un vasto valle donde se cultivan uvas. Dentro de ese pueblo un pequeñísimo y antiguo edificio alberga las reuniones de la Iglesia Evángelica de Woodville, compuesta en su mayoría por personas mayores que emigraron en la búsqueda del “sueño americano”, muchos de ellos provenientes de México trabajan en los campos recogiendo uvas bajo el fuerte sol y un calor quemante. No pasarán de unas 30 personas que domingo a domingo se reunen para cantar himnos y escuchar un sermón predicado por un pastor emigró también como ellos, hace casi veinte años, para pastorear precisamente el rebaño de la Iglesia de Woodville.
Según el testimonio recogido por una persona muy cercana a mí, el amor y el cariño que existe en esa pequeña comunidad es tal que, aun si contar con una complicada organización ni la parafernalia de los cultos modernos llenos de “fuegos artificiales”, la iglesia invita a ser parte de ella inmediatamente. Y es que, cuando las ovejas son pastoreadas, sin importar si origen ni su condición, no es necesario que hagan “proselitismo”. Las ovejas siempre responderán a la voz de un pastor.
Hoy día se valora más la calidad del sistema de luces y sonido, la imagen visual y la música, la manera de vestir y hablar, las instalaciones y el “fashionismo” en las iglesias que el calor del compañerismo y la fidelidad del pastor hacia sus ovejas. Aun con toda la tecnología, no se puede dejar el pastoreo en manos de las redes sociales, los medios de comunicación, o sencillamente reducirla a cuarenta y cinco minutos de prédica una vez por semana. El pastoreo es más que eso.
Y es que muchos de nosotros, cautivados por la “pirotecnia” del mundo nos dejamos llevar por lo “cool” que pueda ser una iglesia. De ahí que existe una especie encubierta de “discriminación” para quienes son pequeños o sencillamente, no crecen.
Acusamos la “falta de fruto”, como si las multitudes fueran la medida con la cual Dios mide a su iglesia, baste leer cada carta escrita a las siete iglesias en el libro de Apocalipsis para saber lo que Dios busca y considera importante.
El mundo nos ha influenciado en lugar de nosotros al mundo. Y alzamos la voz criticando al aberrante “evangelio” de la prosperidad pero nosotros mismos hemos practicado una filosofía de éxito basada en los parámetros de las grandes corporaciones.
Adoptamos organigramas y sistemas inventados por el mundo, como si la Iglesia necesitara algo más además de las enseñanzas de Cristo.
¿Y qué si la iglesia permaneciera rudimentaria y primitiva? ¿Sería por ello un fracaso?
Nos pasa lo que le pasó al profeta Samuel cuando Dios lo envió a la familia de Isaí a buscar al sucesor de Saúl. Dios no ve lo que el hombre ve.
Allá detrás de las ovejas estaba el próximo rey de Israel, olvidado por su propio padre, siendo diligente cuidado el pequeño e insignificante rebaño.
No fue por derrotar al gigante Goliath que David fue escogido, Dios no ve lo que el hombre ve.
Quizá la pequeña iglesia de Woodville no sea el tipo de congregación que una persona exitosa escogería como su iglesia, pero estoy seguro que no hay pastor más exitoso que aquel que cuida a sus ovejas.
Y no es el que pastor de la iglesia de Woodville no tenga la capacidad para más, es que, por voluntad propia o más seguro que por la voluntad de Dios, ha decidido permanecer fiel al llamado que recibió para cuidar ese rebaño.
No es fracaso ser pastor de un pequeño rebaño, pienso que es fracaso no pastorear las ovejas que Dios te entregó. O posiblemente hay tantas ovejas que un pastor ahora puede darse el lujo de escoger a quienes cuidar y a quienes no.
Jesús es el buen pastor, y el cuenta que un pastor tenía cien ovejas, y se le perdió una. El relato del Maestro nos dice que aquel pastor guardó a las noventa y nueve y salio en búsqueda de la que le faltaba. Al encontrarla regresó feliz con la oveja en sus hombros.
El éxito de un pastor entonces no radica en la cantidad de ovejas que pueda tener sino en la fidelidad que éste tenga hacia aquella una que se perdió.
Quizá es tiempo que dejemos de seguir los modelos de éxito del mundo y regresemos a las enseñanzas de Jesús.


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