¿Solo la esencia o con agua y azúcar?

Esta tarde unos buenos amigos me invitaron a tomar un café, y pues como no había tomado ni uno en todo el día mi cabeza urgía de una buena dosis, así que pedí un espresso doble. La señora que nos atendió se aseguró de mi pedido cuando me preguntó “¿solo la esencia quiere?”. Y es que la mayoría de la gente prefiere su café con agua, pero muchos de ellos con mucha más agua que café, y aparte de eso, le agregan azúcar o “splenda” (si son más finos).

Si le pones mucha agua y azúcar al café, pues deja de ser café, en realidad se convierte en agua saborizada. Las palabras de la amable señora se convirtieron en un “insight” en ese momento, me hicieron pensar que muchos grupos cristianos le ponen mucha “agua y azúcar” a lo que enseñan, evitan la “esencia” pues para ellos es demasiado “amargo”.

No puedes añadirle ni tratar de aminorar lo que Evangelio enseña, sino se vuelve una “buena enseñanza” con sabor a cristiano.

La comparación es burda por supuesto, pero es una imagen de la triste realidad que nos rodea. Porque las enseñanzas de Jesús siempre fueron “amargas” para quienes las escucharon, “amad a vuestros enemigos” no era el lema de un movimiento pacifista, era un claro mandamiento de Cristo para que sus discipulos dejaran de odiar a los romanos que tenían invadido su país. Odio que después llevó a los judíos a enfrentarse en una guerra fallida.

Jesús nunca puso “agua o azúcar” a sus palabras, por eso los fariseos, saduceos y los escribas, dueños del sistema religioso de ese entonces, deseaban tanto hacer que el Maestro desapareciera de la escena.

El Evangelio sin “agua y azúcar” nos reta a vivir contra la corriente del mundo, contra la autocomplacencia de una religión de tradiciones y de adulación al hombre. “Mírenme a mí” era la filosofía de un fariseo, el cristiano debe decir: Mira a Cristo, Él es el único perfecto y digno de imitar.

El Evagelio sin “agua y azúcar” nos conmina a “negarnos a nosotros mismos” en pro del avance del Reino de Dios, predica la santidad, la unidad, la solidaridad con los pobres, la igualdad entre todos, no existen estratos sociales ante los ojos de Dios, no se debe hacer acepción de personas, ni por su condición económica o social. Nunca debe la iglesia clasificar a la gente como el mundo lo hace. Para Dios solo hay dos tipos de personas, el que tiene a Cristo y el que no tiene a Cristo.

Por eso las congregaciones locales que “sirven” la pura “esencia” de las enseñanzas de Cristo no soy muy comunes ni populares, a la mayoría de la gente le gusta “suavizado y endulzado”, y hay muchos grupos que sirven este tipo de enseñanza, cayendo en el error de complacer al hombre por sobre obedecer a Dios.

“Dejen de predicar este nombre” les dijeron los religiosos a los discípulos en los primeros capítulos del libro de Hechos, “están transtornando la ciudad”. La gente estaba agregándose a la iglesia al ver el estilo de vida, la comunidad en que vivían, donde no habían necesitados, los que tenían propiedades las traían y las vendían para que las ganancias fueran repartidas ¿Qué tipo de Evangelio es ese? El de Cristo, sin “agua y sin azúcar”.

Cuando de verdad cada iglesia local predique a Cristo por sobre cualquier cosa, por muy moral y buena que sea, cuando las enseñanzas que Cristo dio y que están plasmadas en los cuatro Evangelios sean enseñadas cada día, cada hora, cada minuto, para ser vividas entonces habrá un impacto en las ciudades, porque la “esencia” del Evangelio es Cristo mismo, y no se le debe poner ni “agua” ni “azúcar”.

¿Cómo quieres tu tomar tu Evangelio?

Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os ofende?¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar.Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” Juan 6:60-68


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