Un pensamiento sobre la música “eclesiástica”…

Al referirme a música esclesiástica me refiero a la que usamos, esto incluye letra por supuesto, cuando nos reunimos “como iglesia” durante la semana. Y creo que con la “explosión” de alabanza y música (que genera buenas ganancias a las casas productoras) estamos en riesgo de “escoger” la música que nos “imponen”.

Creo que muchos de quienes tenemos el “ministerio” (léase el deber de servir) de dirigir algún equipo de alabanza en alguna iglesia local caemos en la “trampa” de escoger música basándonos nada más en lo que suena y no lo que se escucha. Y al referirme a “como suena” me refiero a poner atención únicamente al ritmo, melodía y armonías, dejando en último lugar “lo que se escucha”, y con decir esto me refiero a la letra, el contenido, lo que la canción dice.

Lo que diga un canto es muy importante, tan importante como lo que dice el predicador en su sermón. Y es que, y por ello esto es un aprendisaje constante, debemos cambiar de rumbo si, al escoger música nos dejamos llevar por “la moda” o lo “más cool” que se suena en las radios o en la internet, o el último disco grabado de tal y tal “salmista” o “artista”.

Quienes dirigimos la adoración debemos prestar atención a lo que cantamos, no podemos caer en el error del mundo, cuanta canción vacía se produce con el fin de “agradar” las emociones nada más.

La doctrina importa. Una canción con mala doctrina o con palabras con muy poco peso bíblico deberían ser las últimas de nuestra lista. Debemos volvernos a cantar la Biblia como lo hacían antes a quienes consideramos “cristianos de la era pasada”.

No digo que dejemos de usar ritmos y música contempóranea, no se trata de música, la música debe ser bella, pero también la música debe estar sujeta a nosotros, no nosotros a ella. Pero debemos volver nuestra mirada a las palabras que cantamos, ellas pueden edificar, consolar, exhortar, animar, enseñar, etc.

Mi compromiso como seguidor de Jesucristo es con Su Palabra antes que con la música. No tengo porque hacer música solo por hacer arte, la música es una herramienta para crecer en nuestra (como un cuerpo) relación con Dios y unos con otros.

Creo que lo que cantemos debe estar al mismo nivel de lo que se enseña en el pulpito, pues en todo caso a veces las canciones funcionan como “pequeños sermones cantados” que nos ayudan a crecer en nuestra fe y obediencia a Dios.

Dios nos ayude, a quienes participamos de este ministerio, a ser buenos mayordomos de lo que se nos ha delegado, y que consideremos que, aunque la música tiene cierto poder, el Evangelio es el poder de Dios para salvación, y cuando cantamos el Evangelio estamos cantando con verdadero poder celestial.

 

 


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