La paradoja de la salvación

Desde que era niño Romanos 10:9 se convirtió en uno de los textos obligados a memorizar para poder compartir a Jesús con no creyentes, no recuerdo cuantas veces se lo “recité” a otros en parques, calles, colonias, buses, y seguramente, si tienes ya varios años de ser creyente lo has hecho tú mismo.

Y el texto dice: “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.”

Trato de imaginar a quienes leían la carta a los Romanos por primera vez y descubrir su asombro por esta exhortación de Pablo. Para comenzar la epístola fue escrita a los creyentes de Roma (Rom. 1:5-9), así que no debemos pasar por alto lo que Pablo quiso decirnos también a nosotros.

En segundo lugar, y es por esto que lo llamo “la paradoja de la salvación”, confesar con la boca que Jesús era Señor en ese tiempo era un acto que podría condenarte a morir en manos del imperio romano ¿Recuerdas cuál fue la acusación de los religiosos contra Jesús ante Pilato? “Este hombre se hace así mismo rey” y “…no tenemos más rey que el César”. La pena para quienes se rebelaban a la autoridad del “dios-emperador” era la muerte, y Pablo está exhortando a “confesar” a Jesús como Señor en lugar de César para ser salvo.

Por eso no es extraño leer más adelante en el mismo capítulo en el verso 16 “Mas no todos obedecieron al evangelio”. Las implicaciones de obedecer al evangelio eran riesgosas para quienes lo hicieran. Para ser salvos debían firmar su propia pena de muerte, paradójico pero cierto.

Gracias a Dios ninguno de nosotros tiene que hacer algo para ganar el perdón de Dios, es por gracia no por obras, pero esto no significa que podemos vivir como nos dé la gana el resto de nuestra vida. Recibir a Jesús implica aceptar su señorío sobre nosotros y obedecerle cada día “para ser salvos”. La salvación no es por obras, nadie por sus buenos actos puede salvarse, únicamente quien “confiesa” a Jesús como Señor (y esto implica una manera de vivir) y cree en su corazón que Dios le levantó de los muertos.

Nadie puede decir que “confiesa” a Jesús como Señor y vivir como le dé la gana. Pablo diría que el tal no es un creyente.

¿Estamos viviendo como condenados a muerte para el mundo? ¿El “señor ” de este mundo nos considera sus enemigos rebeldes? ¿Estamos dispuestos a decir que Jesús es nuestro Señor con nuestra vida aun si eso nos trae rechazo de parte del “sistema” y de aquellos en “eminencia” alrededor nuestro?

Por ello la paradoja de la salvación, porque para ser salvos debemos perder la vida ante el mundo.

Jesús dice en Mateo 16:24 y 25 “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo aquel que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.”


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