Jesucristo: Salvador y Señor por la eternidad y para hoy!

Hay un anhelo persistente en la historia de la humanidad, y este ha sido por sobre todas las cosas la búsqueda de la fuente de la vida eterna. Plasmado en cuentos, leyendas, mitos, películas, etc. ningún ser humano quiere morir ni joven ni viejo (Uno de los negocios más lucrativos son la fabricación de medicamentos). Fuimos creados para vivir eternamente, la muerte no estaba en el plan original que debíamos seguir, fue la consecuencia a la desobediencia del primer hombre, al cual la Biblia llama Adán, la muerte es el destino más seguro para todos nosotros, no importa cual sea la circunstancia, la muerte siempre es una tragedia. Nadie quiere morir, al menos en su sano juicio, tampoco queremos que aquellos a quienes amamos mueran.

Pero alguno osaría decir que Dios no es justo por castigar el simple acto de comer un fruto prohibido con semejante condena mortal, pasando por alto el hecho que Dios mismo proveyó el medio y la solución, el remedio contra la muerte, la fuente de la vida eterna, dando lo más preciado para Él, su unigenito Hijo Jesús.

Jesucristo fue muy claro en declarar que, “todo aquel que creyere en Él tendría la vida eterna”, y que “ha pasado de muerte a vida”.

Y es que el hombre sigue buscando la fuente de la vida eterna evadiendo ir a la única fuente verdadera, separados y enemistados con Dios a causa del pecado,  existimos estando muertos para con Él. En cierta manera, todos nacemos muertos, y solamente viviremos si “nacemos de nuevo”.

Todo lo anterior lo conocemos bien, al menos intelectualmente, si somos creyentes, o si, por lo menos, nacimos en un hogar “evángelico” o “cristiano”, pero la realidad es que no todos los que profesamos ser “cristianos” vivimos en la dimensión de la “vida eterna” que Jesucristo vino a dar por medio de su muerte.

Digo esto porque la mayoría sólo hemos aceptado el hecho que hemos sido salvados de una condenación eterna, lo cual es muy cierto, pero no “echamos mano de la vida eterna” para vivir hoy y aquí. Es como si Jesucristo nada más nos hubiera asegurado la libertad completa de nuestra condena eterna en cierto momento de la historia, y que para mientras tenemos una libertad “condicional” o “asistida”, y constantemente estamos regresando a nuestras prisiones y cadenas. La salvación de Jesús comienza desde el momento que “nacemos de nuevo”, en el instante que decidimos con todo el corazón creer que Jesús es el Salvador.

¿Cómo podemos vivir entonces en completa libertad hoy? Y es que debemos aceptar y reconocer a Jesús como nuestro único Señor, como nuestro Amo, el dueño de nuestra voluntad. Y esta es la parte que nos es difícil comunicar bien, pues aquí, más que una convicción requiere de una conducta, de nuestra manera de vivir cada día. Tal como el que ha sido liberado de la prisión, viviendo a su gana y voluntad sin importarle las leyes, al ser hecho libre debe sujetarse a esas leyes que transgredió. Quien ha recibido el perdón del castigo eterno debe vivir para someterse a la voluntad del Rey, Jesucristo.

Es fácil decir que somos salvos, es algo que no se ve. La mayoría de veces que preguntas a una persona acerca de su destino en la eternidad contestan que “iran al cielo” pues alguna vez han hecho una profesión de fe en Jesús (tienen el boleto), y eso es cierto, no puedes debatir eso. Pero, qué tal si la siguiente pregunta fuera: “Si has creído en Jesucristo como Salvador, ¿Estás viviendo ahora obedeciéndole como tu Señor?” Creo que muchos de nosotros, incluído yo mismo, titubearíamos al responder. ¿Necesitamos revisar entonces los folletos que usamos para evangelizar? Quizá, pero lo que es más urgente de revisar es la manera en que estamos viviendo hoy la vida eterna que Jesucristo nos ha regalado.

Jesús es nuestro Salvador, sí! ahora y por la eternidad, pero Jesús también es el Cristo, el Mesías, el Señor, el Rey, ahora y por la eternidad. Si vamos a vivir la eternidad con Jesús, es imperante que comencemos a vivirla desde ya.

Si no, nuestra vida aquí será como tener la fuente de la vida eterna en nosotros, pero sin acercarnos a beber de ella, existiendo cada día pero muriendo de sed en este desierto llamado mundo, sin agua viva para ayudar a otros y para nosotros mismos.

 


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