Cuidado con Constantino!

Flavius Valerius Aurelius Constantinus Augustus, nacido un 27 de febrero del 272 DC y muerto el 22 de mayo del 337 DC, mejor conocido como el Emperador Constantino el Grande, Constantino I o San Constantino, fue el césar romano que “oficializó” al cristianismo como la “religión” del imperio romano. Además adoptó el símbolo de la cruz para impulsar sus “cruzadas” o conquistas de ciudades asesinando a aquellos que no se “convirtieran” al cristianismo.

Nunca antes el cristianismo había sido considerado una religión, al contrario, los perseguidos eran quienes profesaban la fe en Jesús, aquel que se había proclamado a sí mismo como Rey, fueron los mismos romanos quienes colocaron sobre su cruz la inscripción “Este es el rey de los judíos” como burla. Ahora, es la máxima autoridad del imperio quien pone en su escudo y estandarte aquella cruz donde asesinó a miles, incluyendo a Jesús.

Genuina o no la conversión de este emperador, la historia misma juzga los frutos de esa “acto de fe” al darle un color “cristiano” al politeísmo romano practicado en ese tiempo, tal como hicieron al llegar a las Américas los “misioneros” españoles, crearon un sincretismo entre la religión romana y el supuesto cristianismo.

Un ardid recurrente del enemigo de la verdadera Iglesia para detener la proclamación de Jesús como único Señor y Salvador. El Constantino I, el Grande, hace cientos de años que murió, pero su “fantasma” sigue infiltrado en la iglesia en el siglo XX!.

Existe hoy en día un “sincretismo” entre el mundo y la fe cristiana, una mezcla que hace que muchas veces los cristianos pasemos tan desapercibidos en medio del mundo, en medio de las calles, en las universidades, en los negocios, hasta en las estaciones de radio.

Nos vestimos igual o peor que los del mundo, participamos de las fiestas y las disfrutamos tanto que no nos incomoda estar en un lugar donde la carnalidad, los vicios y el deseo de los ojos prevalecen. La sensualidad en el vestir es adorada por muchos dentro de los círculos cristianos.

Ya no nos persiguen ni se burlan de nosotros por ser “aleluyas” o “evangelistas”. Ahora, hasta hay cadenas de tiendas donde la mayoría de empleados se llaman entre si “hermanos” y puedes comprar discos de música y películas creadas para alimentar la carne al son de himnos cristianos.

Cosntantino sigue vivo… sigue haciendo que el cristianismo se torne la religión oficial, es decir, una práctica carente de significado pero que abunda en tradiciones y simples ritos vacíos.

Ahora hay más libertad para predicar el evangelio pero ya no lo hacemos, al contrario, la Iglesia se entretiene en conciertos, celebraciones, lujos, glamour, etc. En el norte del país a los primeros que predicaban el evangelio hace más de 100 años los amarraban bajo el quemante sol a arbustos grandes de espinos enormes, sentados sobre sendos hormigueros. Ahora nos fijamos si las sillas de la iglesia a donde vamos son cómodas, o si tiene aire acondicionado.

Esta es una reflexión muy personal, pues yo mismo creo haber caído en la trampa de Constantino. La iglesia no es un club social exclusivo, es el agente de Dios para hacer que Su reino se extienda a través de predicación de las Buenas Nuevas, tanto de palabra como de hecho.

La Biblia se ha hecho a un lado para dar paso a “revelaciones” de último momento provocadas por el hambre de riqueza y fama. La Iglesia tiene riquezas pero siguen habiendo pobres, la iglesia crece en número pero siguen habiendo violencia intrafamiliar, divorcios, huérfanos.

Al ver a los que ahora se auto denominan “apóstoles” o “profetas” se da un choque en mi cerebro al pensar en Pablo, en Pedro, en Juan, en Felipe, vemos hoy como los “líderes iluminados” de la iglesia viven con lujos y comodidades, a diferencia de las cárceles, exilios y martirios de nuestros verdaderos padres de la fe.

Constantino se ha metido por medio de mentiras en mi mente, para tratar de ganar mi corazón… buscando comodidad y ministerio fácil, sin sacrificios ni persecuciones. La iglesia no es un lugar ni es un club de cristianos, mucho menos un parque de diversiones, es y debe ser el grupo de seguidores de Cristo que está dispuesto a ir aún hasta la misma cruz como fue su Maestro. Es un reto enorme. La puerta es angosta,

Saquemos a Cosntantino de nuestras iglesias y no permitamos que “oficialice” nuestra fe, nuestra profesión.

La cruz no se lleva en un sticker en el carro, ni en una camiseta, se lleva en el corazón y se hace manifiesta con nuestras palabras y nuestras acciones.

Señor, perdónanos porque no hemos sabido lo que hemos hecho!


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