El abrazo del Padre pródigo

La gran mayoría conocemos la parábola del hijo pródigo. Cuando pequeño, en la escuela dominical era de las clases favoritas, las figuritas de papel recortadas y puestas sobre el “franelógrafo” rojo aún resaltan vívidas en mi memoria. Pero, a todos se nos enseñó, precisamente, como la parábola del “hijo pródigo”.

Según el diccionario, pródigo es “una persona que desperdicia y consume su hacienda en gastos inútiles” y es por ello que el título agregado al pasaje bíblico reza como tal. Pero estos títulos no están en el texto original, fueron puestos por los editores para facilitar el estudio. Pródigo también es alguien que “es muy dadivoso” o “que tiene o produce gran cantidad de algo”, y por ello creo que la parábola de Lucas 15:11-32 debería haber sido titulada: “El Padre pródigo”. Pues más que resaltar la actitud del hijo, Jesús quería dar a conocer la dadivosa bondad y la gran cantidad de amor producido por el Padre Celestial, que no reprocha a su hijo el haber despilfarrado el fruto de tantos años de trabajo. Al contrario, al ver a su hijo en ropa andrajosa, descalzo, golpeado, triste, manda que le traigan ropa nueva, zapatos y hasta un anillo. Más pródigo, más dadivoso, mas amoroso que este Padre no puede haber nadie más.

Ayer tuve una lección muy especial, Dios me mostró como cada vez que nos reunimos en su nombre, cuando cantamos, cuando adoramos, podemos recibir el abrazo del Padre. Ese abrazo cálido y efusivo de bienvenida a casa que él nos da, abrazo de consuelo, de ánimo, de “apapacho” ¿Alguna vez has sentido ese abrazo? Deberíamos sentirle cada vez… pero a la mayor parte del tiempo estamos más enfocados en todo lo demás que, olvidamos al anfitrión de la casa. Como cuando visitas la casa de alguien que te ama mucho, llegas a su casa y te recibe con un abrazo, así quiere recibirnos Dios cada vez. Aprendí que esos minutos que nos unimos en una letra y voz a adorarle con la música, o con la oración o sencillamente en silencio, son la oportunidad para recibir ese abrazo del Padre.

Luego de que Él re recibe, tal cual lo haría un verdadero amigo que nos ame, nos invita a su mesa, donde ha preparado el banquete más especial que nutrirá nuestro espíritu. Y es Él mismo quien nos sirve de su Pan, de su Pan de Vida… y nos da a beber agua de vida durante el tiempo del mensaje de la Biblia.

Uno quiere regresar a ese lugar siempre, donde te reciben con un abrazo de amor y te sirven la mejor de las comidas.

Aprendí que soy como ese hijo “pródigo” por malgastar lo que el Padre me ha dado… pero no te imaginas que rico es sentir ese abrazo y tener esa comida, que aunque a veces no es tan “suave” al paladar, pero sí necesaria para la buena salud del alma.

Ahora cada vez que me dirija delante de Dios, junto con mis hermanos, para “entrar”, para “llegar” delante de Él, estaré expectante de recibir el abrazo del Padre pródigo, el Padre más dadivoso en amor y perdón.

 

El retorno del hijo pródigo, Oleo en tela por Bartolome Esteban Murillo (1617-82)


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