El precio de una vida transformada…

En los últimos domingos en VidaNueva estamos poniendo unos vide-testimonios cortos que nos cuentan la experiencia de una vida que se encuentra con Cristo. El resultado: propósito, cambio de dirección, una vida transformada por el poder del Evangelio.

¿Qué precio le pondrías a un corazón que cambia de dirección y que su destino eterno sea transformado? ¿$100.00, $1000.00, $10,000.00, $40,000.00?

En la película “Schlinder’s List”, que trata de como un empresario alemán rescata a cientos de judíos de morir en las cámaras de gas de los nazis durante la WWII con su propio dinero y bienes, hay una secuencia hacia la parte final donde él personaje se quita su reloj, su anillo de boda y reflexiona acerca de cuántos judíos más hubiera podido salvar con esas cosas. es escena conmovedora. La salvación de una vida no tiene precio… perdón, corrijo lo que dije, sí lo tiene, el precios es la sangre “costosísima” del hijo de Dios vertida en la cruz.

Si Dios mismo estuvo dispuesto a pagar por ti y por mí, sin nosotros siquiera valer nada, ¿Quiénes somos nosotros para juzgar si una “inversión”, ya sea el alquiler de un salón de un hotel, de un lugar, la compra de una silla, de un boleto, de un tratado, de un vehículo, la construcción de un edificio, etc, sirven para que una persona pueda conocer a Jesús y hallar la vida eterna? Será que, ¿Comimos del árbol que Dios nos mandó no comer y obedecimos a la serpiente, y ahora nos creemos ser como Dios?

¿Cuánto estás dispuesto a “apostar” en la vida por causa del reino de Dios? Una vida transformada no tiene precio terrenal.

Te cuento una historia que espero puedas verla un día en estos testimonios que pasamos, cambiaré los nombres en esta ocasión. Una noche, Renata le entregó a Sofía, su vecina, una invitación de nuestra iglesia, la tarjeta tenía la dirección de nuestros 2 campus, Sofía escogió visitar nuestro servicio en el hotel, en ese tiempo sólo era un culto en ese lugar. Sofía llegó por su propia cuenta, sola con su hijo de 6 años, sin conocer a nadie. Llegó temprano y buscó un asiento, una hermana de nuestra iglesia “detectó” que Sofía nos visitaba por primera vez y fue a saludarle y hacerla sentir bienvenida. Sofía había visitado antes otra iglesia y quería congregarse, le pareció que por ser en un salón de un hotel nuestros cultos existirían más posibilidades para que, Federico su esposo, visitará la “iglesia”. Federico no quería nada con ninguna iglesia, según contaba Sofía,  y que él había dicho nunca pondría un pie en una. Pero, un salón de hotel podría ser diferente, al fin y al cabo no es una “iglesia”. Así que Sofía siguió asistiendo al servicio de cada domingo e invitando a su esposo a la “reunión en el hotel”. Un domingo Federico accedió ir al “hotel”. Ese domingo Federico recibió a Cristo, aun cuando la serie que mi pastor predicaba trataba esas semanas trataba sobre la generosidad y el dinero, un tema “repelente” de muchas personas. Federico nació de nuevo. Él siguió asistiendo a la “iglesia” del hotel, pero con el tiempo comenzó también a visitar la “iglesia” de nuestro campus original (un salón construído y acondicionado para funcionar como “iglesia”). Quizás Federico jamás hubiera visitado nuestra “iglesia” (me refiero ahora al “lugar de reunión”) pero sí acepto la invitación a ir al salón de un hotel.

Existen muchos Federicos en nuestras ciudades, que no van a una “iglesia” porque, en algunas ocasiones, nosotros los religiosos cerramos las puertas con nuestras actitudes carnales.

Jesús operaba en multisitios, Él buscaba enseñar y predicar en tanto lugar se lo permitiera, en una sinagoga, sobre una barca en la playa (¿Habrá alquilado esta barca? ¿Cuánto pagó por alquilarla? ¿No hubiera sido mejor comprar la barca?), en un monte, en un huerto, en la casa de un publicano rodeado de pecadores. Jesús no escatimó el precio por rescatarme. “Puso su vida en rescate de muchos” dijo Él mismo.

Cuestionar el precio de lo que hacemos para que otros conozcan a Jesús es una locura, así como es una locura pensar que cualquier cosa que hayamos dejado, a la que hayamos renunciado por él puede compararse siquiera a la “nano-micro-millonésima” parte del precio que Jesús pagó por nosotros.

Los usufructos de lo que invirtamos ahora por el Reino se verán por toda la eternidad. Así que, si no inviertes nada… nada tendrás por la eternidad.

Que triste que todavía hayan algunos “discipulos” de Jesús que “critican” cuando rompemos un vaso de alabastro y derramamos el perfume sobre Jesús. Seguramente dicen “Qué desperdicio de dinero”.

 


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