Mamá Virtuosa

Ha sido un largo domingo, regularmente prefiero escribir temprano… ahora era díficil. El domingo para mi comienza más temprano que todos los días. De hecho de lunes a sábado lucho con la cama para dejarla, debo confesarlo que me cuesta. El domingo no. Desde hace muchos años es el día que más temprano me he levantado siempre, con excepción de un par de años que tuve de “receso”.
Hoy fue más movido que de costumbre, celebramos de una manera modesta (digo yo) el día de las madres en VidaNueva. Había que tener listos algunos detalles porque nuestro programa sería diferente, ir de aquí a allá, coordinar tiempos, detalles a veces pequeños que no se notan, pero que si no los cuidas pueden causar algunos problemías. A veces no se como es que salimos, jeje, pero es la gracia de Dios, además comprendo mejor que Él me estuvo preparando por varios años para esto, a un nivel más pequeño claro, pero te aseguro que si no hubiera pasado por ese entrenamiento, me enredaría “más” de lo que a veces me enredo.
La primer parte de ese entrenamiento comenzó cuando yo apenas tenía 11 años, en una pequeña iglesia naciente en Soyapango. Este domingo por la tarde, después de 23 años regresé como invitado a dirigir la alabanza. La Iglesia Bautista Nueva Jerusalén aun sigue pequeña, han sobrevido algunas crisis de liderazgo, pero siguen firmes. Por alguna “casualidad” de la vida un amigo nos conectó con el pastor, quien era uno de los jóvenes que emergían en el liderazgo cuando yo apenas tenía unos 12 o 13 años. Nosotros, mis padres y hermanas, salimos de ahí por una de aquellas crisis.
Fue bueno ver a gente que conocí por aquel entonces, algunas familias que me conocieron nos saludaban afectuosamente, pude sentir su cariño sincero y su alegría por volverme a ver. Me acompañaron Gilma y William, a quienes por supuesto no conocían, y mi madre a quien sí conocían.
Una combinación de emociones, alegría de ver a gente que conocí de niño en la iglesia y que compartimos muchas cosas, evangelizar, campañas, tardes de jovenes, vigilias. Pero tristeza al escuchar algunas cosas trágicas como saber de la muerte de un par de aquellos jóvenes con quienes compartí esos años. Uno de ellos era compañero de juegos y actividades, era mayor que mi por un año y recuerdo que él me enseñó a “andar” en bicicleta. Murió en un accidente de tránsito hace unos 5 años, el manejaba motocicleta. Lo supe hasta hoy cuando un jovencito de unos 16 de años se me acercó, mientras guardaba la guitarra, para preguntarme si yo había sido muy amigo de alguien llamado Pedro Agústin Lobo. Para mi verguenza no recordaba de quien me hablaba, buscaba en mi mente y no encotraba a nadie que yo hubiera conocido. Pero al fijarme detenidamente en las facciones del muchacho se me refrescó la imagen de Pedro Lobo. El chico era el hijo. Y por supuesto le dije que sí, que habíamos sido muy amigos y solo la pasabamos juntos. Me dio mucha tristeza en el fondo saber que su padre tuvo que dejarlo tan jovencito. Sobre todo cuando recuerdas esa edad y los amigos que te rodeaban. Otro joven, mayor que nosotros y que había sido ganado para Cristo en esa época, que tocaba guitarra y había sido “marihuanero” decíamos en ese entonces, pero que luego de recibir a Jesús había formado un grupo para andar evangelizando, se había suicidado hace algunos años. Darte cuenta de eso te hace reflexionar qué hace que uno aun siga aquí.
Regresé con un doble sabor: amargo por esas malas noticias y dulce por los buenos recuerdos de esa época.
En esa iglesia dejé mis raíces, ahí fuí donde me bauticé, donde comencé a servir como ujier de niños, como maestro auxiliar de escuela de niños, como líder de jóvenes, haciendo mis pininos cantando y dirigiendo himnos con mi vieja guitarra. Ahí pasaba balaceras cuando la guerrilla se tomaba la colonia. Conocí casi todas la colonias de ese entonces en Soyapango cuando salíamos a “ganar almas” los últimos sábados de cada mes, o todos los domingos por la tarde al Parque Cuscatlán después de visitar enfermos en el Hospital Primero de Mayo. Eso fue entre mis 10 y 15 años, todo porque una Mamá Virtuosa buscó al Señor y se empeñó para que sus hijos también lo hicieran. Una mamá virtuosa que servía al Señor dándome ejemplo y animándome a hacerlo.
Esta tarde, después de 23 años y visitar la que fue mi primer casa como creyente, en donde en mi niñez inocente dirigia con mis apenas 3 acordes los cantos infantiles con los niños, vi a mi madre muy orgullosa de verme ministrar, y yo me sentí orgulloso de tener mi madre allí (ella se congrega en otra iglesia).
Gracias a Dios por esa madre que nunca permitió que me alejará de Dios, que aún en mis años de “invierno frío” juvenil, cuando el mundo parece atraerte más que la iglesia, supo ejercer “mano dura” y cuidarme dándome ese ejemplo de temer a Dios.
Y sabes te da una sensación de haber sobrevivido una “guerra”, ver que otros que comenzaron el camino junto a ti ya no están, porque murieron o porque desertaron. Te ves como sobreviviente.
Hubo dos palabras que traté de dejarles en el corazón: Avanzar y resistir. Jamás abandonar!
Debemos mantener el avance del Reino y pelear cada posición ganada, resistiendo. Esto costará sangre. Pero, ¿Acaso nuestra fe no está marcada por la sangre preciosa de Cristo? Fuimos lavados con esa sangre, eso nos hace ser una Banda de Hermanos…
Gracias a mi Mamá Virtuosa!!!!!! y por supuesto a la madre que Dios le proveyó a mis hijos, porque ella es una Mamá Virtuosa!!!

Currahee!!!


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